martes, 5 de junio de 2012

Crónica de una tarde de lluvia, rituales y sucesos sobrenaturales

Una extraña llamada recibida en la redacción de nuestra revista nos hizo acudir, al camarógrafo Mario Reyes y a mi, el día 3 de junio a las 5 p.m., aproximadamente, a una solitaria vivienda ubicada en la colonia Aragón Inguarán. Quien había hecho la llamada nos había pedido autorización para utilizar las elegías (escritas por mí y publicadas en el primer número de la revista en la sección de obituarios) a los altos mandatarios muertos por la epidemia que azotó a México para hacer un ritual mágico en el que pretendía liberar las almas de nuestros dirigentes. Seducidos por la voz de la sacerdotisa permitimos que utilizara las elegías a cambio de que nos permitiera filmar el ritual. De esta manera, en punto de las 5 p.m. de aquel lluvioso domingo nos encontrábamos tocando el timbre de aquella extraña vivienda.


El clima tétrico del momento hizo que nos apresuráramos con  la grabación. Llovía mucho y la temperatura bajaba drásticamente. Al tocar la puerta negra del interior de la casa nos recibió el asistente de la sacerdotisa, quien nos condujo hacia un altar sencillo acomodado frente a una pared guinda; exhibía las fotos de los seis dirigentes muertos, velas, incienso, flores de bugambilia y algunos cuarzos. Allí nos esperaba la sacerdotisa,  vestida completamente de negro con una especie de velo negro con morado que cubría su cabeza y parte de su torso; muchos collares colgaban de su cuello y la expresión de su rostro era serena y a la vez intimidante.  El ritual comenzó y la joven mujer declamó las elegías. El ambiente se tornó pesado, el incienso se consumía con rapidez haciendo la atmósfera aún más densa y la temperatura continuaba descendiendo, durante la declamación de las elegías un viento helado hacía bailar las llamas como si fuera a apagarlas en cualquier momento. El hecho no hubiera sido extraño de no haber sido porque la puerta y la ventana de la habitación estaban cerradas. Al extraño fenómeno del viento lo acompañaron como zumbidos que se escuchaban junto a la música melancólica con la que la sacerdotisa acompañó la oración.

Al terminar el ritual, que resultó ser bastante sencillo, la mujer lucía claramente alterada, mas no dió a notar su estado de ánimo, nos dejó documentar algunos de los fenómenos extraños que ocurrieron con los elementos de altar, como las extrañas formas que tomó la cera derretida en las velas, las flores que se marchitaron en un abrir y cerrar de ojos y,  lo más impresionante, las fotografías de los difuntos quemadas y ahumadas sin explicación alguna a pesar de que  nunca fueron acercadas al fuego ni tocadas por alguien que más que la sacerdotisa y su asistente. Antes de abandonar la casa la sacerdotisa, ella nos pidió que observaramos el cielo: la lluvia había cesado y el sol atravesaba las nubes creando un efecto extraño, lo que nos hizo preguntarle si todo había sido  consecuencia del ritual, la sacerdotisa  sonrió y nos dijo que las almas de los buenos dirigentes ya estaban libres y en paz.

Así la grabación  llegó a su fin, la sacerdotisa y su asistente nos despidieron con amabilidad un tanto hosca. El camarógrafo y yo abandonamos aquella misteriosa casa con una creencia recién comenzada hacia lo sobrenatural y un escalofrío que recorría  nuestras espaldas.

Camarógrafo: Mario Reyes
Reportera: Irene Van Dort

Los nombres de la sacerdotisa y su asistente no nos fueron proporcionados en la llamada a la redacción ni en la grabación.

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