Una extraña llamada recibida en
la redacción de nuestra revista nos hizo acudir, al camarógrafo Mario Reyes y a mi, el día 3 de junio a las 5 p.m.,
aproximadamente, a una solitaria vivienda ubicada en la colonia Aragón
Inguarán. Quien había hecho la llamada nos había pedido
autorización para utilizar las elegías (escritas por mí y publicadas en el primer
número de la revista en la sección de obituarios) a los altos mandatarios muertos por la
epidemia que azotó a México para hacer un ritual mágico en el que pretendía
liberar las almas de nuestros dirigentes. Seducidos por la voz de la
sacerdotisa permitimos que utilizara las elegías a cambio de que nos permitiera
filmar el ritual. De esta manera, en punto de las 5 p.m. de aquel lluvioso domingo nos
encontrábamos tocando el timbre de aquella extraña vivienda.
El clima tétrico del momento
hizo que nos apresuráramos con la grabación. Llovía mucho y la temperatura bajaba drásticamente. Al tocar la
puerta negra del interior de la casa nos recibió el asistente de la sacerdotisa, quien nos condujo hacia un altar sencillo acomodado frente a una pared guinda;
exhibía las fotos de los seis dirigentes muertos, velas, incienso, flores de
bugambilia y algunos cuarzos. Allí nos esperaba la sacerdotisa, vestida completamente
de negro con una especie de velo negro con morado que cubría su cabeza y parte
de su torso; muchos collares colgaban de su cuello y la expresión de su rostro
era serena y a la vez intimidante. El ritual comenzó y la joven mujer
declamó las elegías. El ambiente se tornó pesado, el incienso se consumía con
rapidez haciendo la atmósfera aún más densa y la temperatura continuaba descendiendo, durante la declamación de las elegías un viento helado
hacía bailar las llamas como si fuera a apagarlas en cualquier momento. El hecho no hubiera sido extraño de no haber
sido porque la puerta y la ventana de la habitación estaban cerradas. Al extraño fenómeno del viento lo acompañaron como zumbidos que se escuchaban junto a la música melancólica con la que la
sacerdotisa acompañó la oración.
Al terminar el ritual, que
resultó ser bastante sencillo, la mujer lucía claramente alterada, mas
no dió a notar su estado de ánimo, nos dejó documentar algunos de los
fenómenos extraños que ocurrieron con los elementos de altar, como las extrañas
formas que tomó la cera derretida en las velas, las flores que se marchitaron
en un abrir y cerrar de ojos y, lo más impresionante, las fotografías
de los difuntos quemadas y ahumadas sin explicación alguna a pesar de que nunca fueron acercadas al fuego ni tocadas por alguien que más que la sacerdotisa y su
asistente. Antes de abandonar la casa la sacerdotisa, ella nos pidió que
observaramos el cielo: la lluvia había cesado y el sol atravesaba las nubes
creando un efecto extraño, lo que nos hizo preguntarle si todo había sido consecuencia del
ritual, la sacerdotisa sonrió y nos dijo que las almas de los buenos dirigentes ya
estaban libres y en paz.
Así la grabación llegó a su fin, la sacerdotisa y su asistente
nos despidieron con amabilidad un tanto hosca. El camarógrafo y yo abandonamos
aquella misteriosa casa con una creencia recién comenzada hacia lo sobrenatural
y un escalofrío que recorría nuestras espaldas.
Camarógrafo: Mario Reyes
Reportera: Irene Van Dort
Los nombres de la sacerdotisa y
su asistente no nos fueron proporcionados en la llamada a la redacción ni en la
grabación.
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